Golpeé con calidez,
pero creo que no escuchas o
te escondes detrás de la pared.
Me observas por la ventana,
no sé si con intención de abrir
o de medir cuánto tiempo esperaría por tí.
Quizá ni siquiera notaste mi presencia,
pero sé que estás,
fingiendo que nada pasa,
mirando solo mi sombra
por debajo de la puerta,
esa que deja entrar un rayo de luz,
del sol radiante.
Ese calor que quema,
y aún así me mantengo de pie,
sin saber si abrirás,
o si apenas asomaras la mirada
para volver a tus ocupaciones.
La sonrisa se desvanece.
Mi frente suda,
la piel tostada
siente la ansiedad en la espalda.
Sé lo que piensas,
lo escucho vibrar en las paredes.
Sostengo mis palabras,
mis libretas,
y todos los versos que te pertenecen.
Escucho tus pasos;
marcan en el piso
el sudor de tus pies descalzos.
Tocas la perilla...
Pero solo eso,
la tocas, nada más.
Tú subconsciente sabe
que ya me he ido,
que doblo la esquina,
porque no soy de las que esperarán siempre.
Mi paciencia es nula,
y tú indecisión te robó el momento.
Creíste que seguiría ahí,
mirando la puerta cerrada.
Esa puerta que no se abría,
la que rechina,
pero que está vez no hizo ruido.
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