Las piedras son historias, viven en el tiempo, observando el paso de los acontecimientos. Cada una es distinta, pero todas existen, en formas y colores que el ojo humano interpreta, juzga, admira o ignora.
Algunas son consideradas arte, belleza en bruto para quien las ve, otras pasan desapercibidas, piedras comunes en el vasto paisaje.
Pero, curiosamente, las más raras son las que más brillan, como si lo extraordinario en este mundo fuera lo único capaz de detenernos.
En otro lugar, en otro tiempo, quizás la rareza resalta con más fuerza, como una belleza extraordinaria que no busca cambiar, solo existir, expandiéndose en los ojos atentos de quien observa lo distinto.
El ojo humano, acostumbrado al patrón, deja de sorprenderse con lo inusual, pero un corazón curioso, inquieto, siempre se siente atraído por todo lo que es único. Desde la piedra más pequeña en la punta de un cerro, hasta la volcánica o la del jardín vecino, todas tienen su historia.
No necesita ser rubí ni amatista para que su presencia importe. Incluso lo que parece común puede brillar de manera diferente. como el ámbar bajo el sol, reluciendo en su antigüedad.
Y así, el corazón sigue su camino, dudando a veces, entre piedras, musgo, y la voz interna que le grita otra cosa, quizás que la belleza no está en lo que ve, sino en cómo lo siente, en cómo, piedra a piedra, va construyendo su propia historia.
(21-Octubre-2024)